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16 de febrero de 2018

Una real audición

La onomatopeya para una luz nunca ha sido suficiente para describirla. Sin embargo, esa luz en particular podría describirse como una afrenta hacia los sentidos. El reflector no estaba bien calibrado, el foco parecía provenir de una ferretería en decadencia y las voces en la oscuridad le hablaron de manera pastosa y cansada. 

-¿Gabriela... Bermúdez? 

- Esa misma soy yo. 

- Puede comenzar cuando quiera pero le recuerdo que tiene un máximo de tres minutos. 

El corazón no le latió con fuerza, ella ni siquiera sabía lo que era realmente eso. Si el corazón le hubiera latido con fuerza probablemente no estaría ahí frente a cuatro jueces sino frente a cuatro doctores en el centro de salud más cercano (en el hospital seguramente le hubiera mandado al centro de salud, así que para qué mentirnos con palabrería halaja). 

- Soy Gabriela Bermúdez - al momento que acabó su oración se arrepintió. Estaba repitiendo una información que ya se había dado. - Adicionaré para el Miedo. 

- ¿Qué está diciendo esta chica? - preguntó una de las voces sin contenerse. Los demás la callaron, pero se escucha un eco de la misma pregunta entre los "deja que hable"y "veamos qué tiene".

- Yo... No soy de aquí. Me trajeron a rastras con la boca cocida, me obligaron a mantener los ojos bien abiertos. Al principio no pasaba nada. Yo era yo, quién más podría ser. Y luego pasó. Que yo me convertí en alguien. De uñas a pestañas, de piel a huesos, de colon a cerebelo. Eso era yo, en mi primer viaje cuando conocí a todos los otros. Sus ojos se quedaban fijos en mi mí, los blancos glóbulos ni siquiera podían girar a todas las direcciones posibles, pero las sensaciones desafiaban a todo lo que parecía que no podía ser. Temblaba, trémula, empequeñecida. Todos eran particulares menos un peculiar par. Esos ojos parecían ser amarillentos. El rostro de esos ojos no sé cómo era, pero sentía que me miraba. En cada bache, en cada parada, solo seguía mirándome. Me expandí como  vendas que cubrieron todo cuerpo, apretujaban y dificultaban respirar. Eran vendas que tenían mi esencia, transparentes. Evolucionaba en el transcurso del tiempo. Tomaba posesión del cuerpo, pero seguía sin ser mío. Miraba hacia el frente, con la espalda recta en el asiento, sin poder moverme. En cada movimiento mi piel era frotada con la seca y áspera chaqueta del otro. El par de ojos seguían mirándome. Cuando este cuerpo sentía el roce de esa ropa, imágenes súbitas aparecían. Grises contornos que nos tocaban. Bocas pintadas que me negaban. Pantallas con estática de cuyos parlantes por intervalos se escuchaba anuncios desmereciéndome. Otra vez, los ojos seguían escudriñándome. Cuando me aventuraba a mirar, el cuerpo de ella me absorbía y teníamos intensos calambres en el cuello. Sentía cómo la respiración de ese otro cuerpo me envolvía como neblina, mis ojos se nublaban. Controlaba la respiración, la acompasaba a mi rapidez y desesperación. Cuando finalmente, sin querer, me uní al cuerpo de ella, todas mis sensaciones se expandieron. Caímos en la espiral que tanto me gusta. Era como si este cuerpo fuera un envase ideal para mí, moldeado a mis preferencias. Qué éxtasis. Lo mejor era a aceptación de ella, cómo se dejaba devorar. Para nosotras esos ojos siempre nos siguieron hasta que salimos del autobús. Salimos pero yo no. En una exhalación me sentí otra vez yo misma porque ella me había expulsado. Eso creyó. Había salido del cuerpo que ahora observaba. Pero algo me faltaba. Ella había quedado con un pedazo de mí, quería ese pedazo de vuelta. Así que decidí quedarme en ella. Una vez por semana. Tres veces por día. Justo ahora. 

Gabriela con los ojos abiertos, resecos, jadeando y de rodillas peinó su cerquillo hacia atrás. Tragó saliva para aclarar su garganta y agradeció el tiempo de las voces. Sin una contestación breve, comenzó a sentir cómo otra vez ella la invadía. Un pensamiento se le cruzó "yo te dije que era muy cliché". 

- Gracias Gabriela, te llamaremos. 

Te llamaremos. Te llamaremos. Te llamaremos. Te llamaremos. Te llamaremos. 

"Ya nada". 

7 de junio de 2016

Catarsis

Yo ya no existo aquí, no soy. Niego los recuerdos que vienen a mí, realizando carreras de alta velocidad para chocarse estrepitosamente contra mis propias e infátuas murallas, igual que sesiguen chocando y cuando todas se apilan caen sobre mi cabeza. Una enorme pila de memorias quebradas que cae sobre mi espalda, mis pequeños omóplatos no lo soportan y se quiebran como yo me he quedrado, todos seguramente. Ahora que mi cabeza no tiene soporte, porque mis omóplatos quedrabos están, lo que hago es girar hacia la derecha para encontrar el sepacio, lo que hago es girar hacia la izquierda para encontrar la multiud, lo que hago es mirar hacia arriba para encontrar la existencia. La enorme existencia. En la distancia una luz se extingue, espero no sea la mía. Reocnozco que engullida estoy, también estoy neurótica, también estoy neurasténica, también estoy todas las ignominias en mi contra, también soy la sal que quedó cuanto todo al final se evaporó. Soy, como Wolf, una muchacha en esta sala. Soy, como Lispector, la joven que se encontró al ver una cucachara. Soy, como Kolwalki, descriptiva. Soy, como la Aururu, una mujer que sigue aquí, que sigue allá, que sigue ahí, que sigue. Que sigue.

Yo tampoco lo entiendo, pero no he respondido.  


Aururu

28 de septiembre de 2015

Manifiesto de una mujer al borde de romper la hoja

Las veces que el esfero cae de mis manos, cuando mi estómago tiene ritmos peristálticos extraños por la falta de sustancias que desintegrar, mis ojos se decaen y las arrugas de mi frente se hacen más profundas.
Esos días, mi nariz se enfría y parezco un animal. 
Bueno fuera que fuera uno. 


Tal vez si lo soy.

 Parecería que esos son los días más pastosos, pero por el contrario son momentos de 

                             autoconsciencia exacerbada. 

Aún me parece ridículo como los estudiosos presentan una especie de descripcciones plagadas de “disminución de” cuando uno se está en este tipo de estados. 

En el abismo.

        Yo simplemente siento que todo recae abrumadora sobre mi hombro derecho, quinientos quintales de pesares.

                                Pesares, pesares. 






Hemos empezado de nuevo,


Aururu

13 de diciembre de 2014

Muchas realidades

Su lengua pastosa hizo que salivara y que, posteriormente, con dolor trague líquido de sí mismo. Lo que necesitaba era algo que le raspara la garganta, una bocarada de existencia previa, un trago. Sin ganas, se atrevió a levantarse de la chirriante y fría cama, a un lado dejó la cobija con un oso polar gigante que le acompañaba en estos días fríos. Avanzó el conocido camino hacia la refrigadora, que por ese entonces no se encontraba en la cocina sino en la que dizque era su sala. Tampoco era una refrigeradora lo que tenía en este entonces, era una pequeña nevera usada que mantenía frío aquello que frío debía estar. A veces se lamentaba que no mantiera fría cierta parte de sí mismo que le impulsaba a cometer huevadas, a calentar orejas, a utilizar solo una sábana en lugar de la cobija de oso y que le obligaba a redireccionar el dinero del líquido que ahora le era tan necesario hacia objetos de látex.

Toda la ciudad seguía despierta, eso era extraño para ser un martes pero a veces así suele suceder ciertos días al año. Abrió la pequeña nevera: medio queso, menos de 150 ml de leche, al fondo un pimiento pudriéndose partido a la mitad y en la parte más amplia: ¡voilá! Una botella. La tomó, parecía vacía, aun así tuvo la leve impresión (y más que todo esperanza) de que no fuera así. La destapó y la acercó hacia sus gruesos labios. Ni una gota, solo el olor. Aspiró lo más fuerte que podía ese olor con decepción insistente. Ganas no le faltaban para saciar su deseo, el dinero sí y Don Carlos ya le había fiado mucho la anterior semana. Abriendo el tarro negro de basura, de aquellos que se pueden abrir con el pie, botó la botella; deshaciéndose de manera física de la ilusión que le hizo levantarse. No suspiró, no se retorció, no se entristeció. Estaba cansado para hacerlo. Solo permaneció ahí, en la dizque sala parado junto al aparente refrigerador mirando hacia afuera. Su cara se iluminó de rojo cuando el fuego artificial que el vecino, ubicado a más de ocho cuadras, lanzó al aire explotó. Se rascó la nariz, mejor se iba a meter de nuevo bajo la cobija.

Afuera seguían viviendo las campanas de Belén.

El tráfico es insoportable, si ven a alguien corriendo por ahí sería yo. 

Aururu

16 de enero de 2014

La mujer pulpo

Soy la mujer pulpo
la mujer que lo quiere
todo. La diferencia entre 
conseguir y quitar no existe. 
Ven, he de succionar tus miedos
y colorear tus tácitas ambiciones. 
Soy la mujer que te escribirá
con tinta de perenne 
permanencia su nombre en
tu piel. Soy una mítica
criatura insaciable, que 
te mira y no deja de observarte. 
Y que por último te dará dos determinadas opciones de vida: 
el estrangulamiento y sumición absoluta ante la diosa de múltiples miembros 
ó aceptar la huída inminente de ella, 
el ente que solo puedes ver en solsticios de otoño. 
A mí, a la mujer pulpo, no puedes encarcelar. 
Dame la muerte antes que el encierro. Una
especie inexistente debe permanecer perpetua. 
Déjame ser tu mujer pulpo

No me disfruto demasiado en el clima costeño,
Aururu

18 de mayo de 2013

Diálogos (II)


- ¿Algo no te gustó, verdad?

- ¡Oh!, no en realidad disfruté mucho el día de hoy…

- Si te molesta algo, puedo cambiarlo de inmediato…

- No… Solo me molesta el sistema.

- ¿El sistema?

- Sí, este revoltijo de basura en venta, el maldito dinero, este auto rojo. Todo esto. El hecho de que tengo que comer para vivir, saber que destruyo el planeta con cada respiro que doy y aun así querer seguir viviendo. El hecho de que quieras cambiar inmediatamente una cosa que no me gusta. La ilusión de perfección que queremos crear y no conseguiremos… Jamás. Nunca.

- Vaya…

- ¿El qué?

- Odias.

- Odio a la humanidad, me odio a mí misma.

- Yo no te odio.

- Gracias.

Permanecieron en silencio mientras él la lleva de vuelta de donde la había recogido, y ella trataba de guardar de nuevo en el secreto cofre de la ira su odio para no redireccionarlo hacia la forma de vida más próxima. 


Venga pues. Bailemos hasta morir,

Aururu.  

20 de enero de 2013

Entre las camelias

Para Dan, a su regreso.



El extraño sentido de libertinaje le invadía al  chocar contra las paredes de color pálido del pasillo, esas paredes que no reflejaban los recuerdos de sonrojos, risas y lamentos que muchos habían guardado en ellas;  siempre seguían ahí con el mismo neutral color como si nada hubiera pasado. Su cabello chocaba con sus mejillas al ritmo del  trote, jadeaba un poco y el brillo que poco antes se había colado en sus delgados labios ya no se le notaba mucho. Al llegar al final estuvo a punto de chocar con la puerta, que ya desgastada seguramente del golpe hubiera chirriado o caído al instante. Deteniéndose recuperó el aliento, se alisó un poco los cabellos, planchó con sus manos el ceñido vestido de flores, desde su dorso hasta su caída. Abrió la puerta.

              -        Buenas tardes – canturreó la voz al otro lado de la puerta.
          -        No te esperaba tan rápido aquí – dijo al chica aún con mejillas sonrojadas por la pequeña maratón de abrir la puerta a toda velocidad.
              -        Te dije que estaba cerca, ¿los demás?
              -        Tardarán en llegar…

Con cómplices miradas se lanzaron entre comunicación telepática puertas adentro. El chirrido de la puerta no se hizo esperar, pero no se molestaron en pararle atención así como tampoco prestaron atención ante el doble golpe de sus cuerpos contra la pared. Al momento de sentir el cerrar de la puerta sus bocas desesperadas se buscaron para danzar interminables ritmos de deseo en clave de Sol y  siempre con la clave de Fa acompañando con nostalgia.  Se sintonizó brevemente un temblor entre sus manos al apartarse y observarse más allá de los cristales de la educación social. 

             -        Te extrañé… te extrañé demasiado – susurró dolorosamente la chica de vestido de flores.
               -        Este vestido es demasiado… -gruñó entre dientes.
        -        ¿Provocador? – rio maliciosamente completando la frase, el asentimiento de confirmación por parte de la otra persona fue instantáneo. – Te lo he prometido, que me lo pondría para ti. Tú también me prometiste algo, ¿recuerdas?
              -        Cómo no recordarlo, mi amada Miriam – besándola, la tomó de la mano dirigiéndola a aquel conocido sillón al filo de las escaleras. Le indicó que se sentara y prontamente se puso de rodillas ante ella.  

           -        Pero ¿qué haces? – canturreó entre risas ante el inesperado gesto, mas paró al instante de encontrarse con los esmeraldas ojos de su acompañante y su feroz rostro transformándose al momento.

              -       "Entre perfumes de flores mi diosa espera por mí, ridículo el día en que se la compare con alguna de ellas. Pero mira, las mejillas sonrojadas tiene, ¿será por mí? ¡Ay! Si supiera el exclusivo dolor que me provoca el aire cuando ella no está presente, ¡ay! Si supiera… si supiera la añoranza hacia el contacto de su deliciosa piel, ¡ay! Debe saber que la extraño, que su hechizo sigue sin romperse, que añoro la proximidad de su esencia. Hoy la veré, hermoso día de gloria. Canturreará de nuevo su voz para mí, y yo me postraré a adorarle."

Con eso siempre las enamoraba, con eso siempre las transformaban en necesitadas mascotas. Todo era un ritual, primero el hablar, luego las palabras, el tradicional vestido de flores estampadas. Y posteriormente el poseerlas, sean vírgenes o no. Poco importaba siempre y cuando pudiera, después de tan delicioso y carnal acto, arrancarles los mechones de cabello tan anhelados. Siempre y cuando podría dejar oculto su cadáver. No es que él quisiera matarlas, pero siempre se permitía tomar el objeto de su deseo de su cabello ellas gritaban, siempre cuando les pedía convertirse en flor; ellas no lo hacían.

Días después lo llamarían el noticiero lo llamaría: “Asesino de las Camelias”, en honor  al estampado del vestido que siempre regalaba a sus víctimas. 


Este relato no es final original, pero parece más interesante,

Aururu


Arte por SevenSisters

4 de enero de 2013

UIO


-¡A mí no me llevan, a mí no me llevan! – gritaba desesperado intentándose zafar a cualquier costo.
Sus harapientas ropas hacían que les sea más fácil agarrarle, coincidentemente este escudo de ropa solo le era un estorbo para poder escapar. El toletazo no se hizo esperar, chilló como mujer en plenas contracciones. Varias personas de la multitud del otro extremo de la calle regresaron la vista, incluso aquellas que iban ya cambiando de dirección en la esquina lejana.
-Señor, venga con nosotros por favor. – repitió el azul uniformado con tono mandante, el otro a su lado iba a levantar de nuevo el tolete. La otra de azul - que como se ve había sido mujer dado que era más pequeña que otros dos, ostentaba su recogido cabello por detrás sin mencionar dos buenas razones por su pecho delantero para reconocer su sexo – parecía que les susurraban que no le den un nuevo toletazo.
- No, no, no – la última sílaba se le fue el deje de borracho.
Dejando la dignidad que llevaba en su mano –dígase una botella de vino Campiña- entrecerró sus dedos y dirigió un contundente puñetazo a la parte más sensible de uno de aquellos que tratan de retenerle. Menos mal el horóscopo le favorecía y acertó.
-Hijuepu… - sin acabar de completar el murmullo se agarró cargado de dolor su entrepierna, la mujer se distrajo, el otro hombre también.
Pero la maniobra de escape se le fue al caño cuando trató de correr y en sus mismos harapos se tropezó. El hombre que no tenía dolor le agarró en el piso, con una breve indicación la mujer le empezó a rebuscar de pies a cabeza. Le mandaba mano hasta más no poder, un contacto que parecía casi sensual pero que perdía gracia por las circunstancias. Una pequeña funda le alcanzó a requisar, más allá también le palpó un pan rancio, en otra esquina unos centavos y en otros lugares dos mini botellas de trópico seco. Con el tiempo apremiando le quitó las dos botellas y la fundita, inconfundiblemente era hierba; inconfundible y más para una curuchupa que se dice limpia de drogas y se porrea entre fines de semanas de depresión. Con prontitud le indicó a su otro compañero que ya estaba hecho. El adolorido ya se había recuperado y ahora trataba de dispersar a la temprana formación de una multitud. Claritos siempre son en la formación: “Eviten escándalos señores”. 
Le ayudaron ahora con delicadeza a levantarse y hasta le sacudieron el polvo el piso que no podía realmente mejorar el estado de sus ropas. El individuo les miró con desprecio. Los de azul le dedicaron agradecimientos por su colaboración y le ofrecieron acompañarle ahora a su “hogar”. El harapiento se burla por interno, qué mierda sabía estos sobre su “hogar” como si no supieran que en realidad no tienen uno, que su cama son breves siestas durante toda la noche huyendo de ellos mismos y de esos guardias nocturnos de las plazas “patrimonio cultural”, en las cuales, gente como él era inaceptable, inadecuada, una peste. Se renegaba aún más de que fueron estos tres de hoy prepis sin remedio. Vayan estos prepis a saber lo que realmente es pasar vergüenza, estos que se creen policías y no son,  pero que se creen dioses de estas calles mugrientas y empedradas con dejes del pasado pero con aspiraciones de metrópolis. De cualquier forma se manifestó inmediatamente en el ambiente (como si fuese un implantado instinto sin distinción de clase, sexo, género, raza, y melaza) la hipocresía. La hipocresía disfrazada de tolerancia que les hizo mirarse a los ojos y mantener una comunicación silenciosa con las siguientes palabras: “Váyase mejor sin escándalo, nosotros nos vamos también y nada pasó aquí. No se busque problemas.” De nuevo el tolete en mano de los dos hombres de azul, hizo que discriminara aquella sugerencia (imposición) como la mejor opción.  

Ya  sin multitud, y cruzando al esquina ya bien alejado del suceso alguien se le comienza a acercar. Una negra bien formada, con camiseta amarilla, se le puede ver el obligo. El jean descaderado luce desgastado pero qué bien le forma. Él la siente venir, aminora el paso y la regresa a ver.
-Qué fue papaíto, me´io gacho le noto – el acento se le notaba menos si se concentraba en sus labios.
- Una tanda de maricones municipales que me agarraron – raspó su voz, enfadado.
- ¡Uy! pero si yo le veo en una pieza. – dale con el acento costeño. Él sólo resopló, le habían quitado la hierba, barata, pero hierba al fin y al cabo.  Luego sonrió, la perversión no se hizo ocultar.  Se acordaba que la mujer le había tenido que rebuscar, y que de seguro entre el toqueteo le había sentido excitado. Su motivación regresó, otra vez se prendió.
- Calle, calle. ¿Mejor estás libre?
- ¿Para usted? Depende – la pregunta obvia era implícita.
- No jodas que si tengo.
-Bueno papaíto, pero no se enoje.
El par se alejó ahora a un lugar medio privado en unos baños públicos poco conocidos. Los dos eran medios opuestos, pero se llevaban bien. Los dos tenían este sentimiento compartido de odio a la ciudad, de amor, de desesperación. Porque vinieron buscando buenos días, porque les dio la misma ciudad en algún tiempos esos días buenos, porque luego les escupió la ilusión en la cara, porque ahora sólo eran una peste. El harapiento era divorciado que había salido de Cumbayork a parar en la Mejía por la puta abogada de la exmujer. La negra era una modelo en Pedernales, hasta Miss por su provincia llegó a ser, pero se negó ser poseía por el dueño de la agencia para seguir avanzando; ahora vivía de aquello a lo cual se había negado. El harapiento pensó: “Curuchupas de cuarta categoría, la vida del hereje es más sabrosa.” Enhorabuena la municipal no le había también quitado el pan rancio, ahí tenía la plata para la negra.

Ivan Egüez me enamora,
Aururu

20 de noviembre de 2012

Al ritmo del ciclo


¡Que resuene: ‘Ella viene del futuro’!
Tengo una perra. La sacaba a pasear todos los días. Cuando la sacaba a mi perra a pasear le conocí. A la vecina. Cuerpo de candela tenía, tan delicioso. Culo bien parado, ojos grandotes. El cabello cortito, no tan cortito pero sí cortito de esos tipos melena, y ¡uy! que parecían hebras de negros hilos con divinidad incluida. Pero si he de confesarles que entre pretensiones lo que primero le vi fueron los ojos. De color común, regular; pero tenía la  chispa, esa chispa que los ojos grandes suelen tener.  Y eso que no fue ni un nanosegundo, porque de ahí nos apartamos la mirada para seguir con el camino de cada quien.

Volviendo a mi perra, no sabía ni qué raza era. Un día la encontré, o ella me encontró a mí; algo así como con esta candela de mujer. En fin; ya pues, la cogí porque estaba sola y ella ya estaba por morirse. Chiquita aún era, la habían destetado tempranito y de seguro le han de haber botado porque no querían perros chiquitos. A veces así como animales somos, más cuando hablamos de hombre, de perros; da igual. Entre andanzas callejeras van dejando y regando cachorros, hijos, nietos; por doquier, por doquier. Bueno, la media diferencia que tenemos es que las perras si que pueden de una botar a los cachorros; nosotros también pero como que es más escandaloso y hasta en las  noticias salen, sobre todo en esas crónicas rojas de las noticias de horario familiar.  Bah, pero volviendo de la perra (que por cierto Frida le llamé, porque tenía una ceja media parecida y porque también medios rasgos esquizonotípicos; probablemente es por eso que la cogí desde un principio) a la mujer que era casi deseosa leche, porque después de todo la piel bien blanca tenía, todos los días la veía. Ella también le sacaba al perro (o perra quién sabe) a pasear. Pero clarito se notaba que otra élite era. Toda ella, con sus audífonos blancos en cada oreja, trotando, mirada al horizonte con cuello en 45 exactos grados, alta, zapatos deportivos y eso sí, siempre con brillo en los labios. O será que los labios siempre se le veían carnosos, sabrosos, todo brillantes. Sin mencionar que el perro (o perra quién sabe, otra vez) era así grande, imponente, e igual que la dueña con pelo brillante.

Ahora pasando a mi esquina, encontramos de nuevo a mi perra y a mí. Frida era como la representación animal feminina de mi aspecto fìsico (e incluso conductual a veces). Frida era una perra chaparrita, como ya les chismeé era de raza delmer seguramente, y con pelos crispos, rebeldes; a veces parecía que eran motas de pequeños hijos marrones que cubrían su cuerpo de frío. A mí,  quizá, modifiquen un poco  la apariencia que tenía la nariz media laringueñezca y no era tan delmer. Pero en comparación con la mayoría de mi alrededor, era más como algo salvaje con linaje de sangre azul. Pero bueno, este no es el punto ahora. El punto es la divina diosa que siempre me topaba cuando sacaba a pasear a Frida.  Un día, después de casi construir un altar, me atreví a hablarle. Y entre tanto le pregunté el nombre. “Maxiliana” me respondió.  El instinto me dictaba que me ría, cual paciente de instituto mental; pero me contuve, me gustaba demasiado. Le invité a mi casa. Así de una. Ni idea por qué, pero de una aceptó. Bah, yo que tenía una media como que pocilga. Una cosa por allí, otra cosilla por acá. Qué no más no tenía. Un libro, dos, veinte y cinco  por el suelo. Una planta en la esquina. Los papeles de dizque mis estudios. La ventana. El baño. Los demás cuartos vacíos. El lavabo de la cocina siempre con platos acumulándose para el fin de semana. El botellón de agua. Y la cama de la Frida cerca de la mía. Aunque para no plantar bien la mentira, en realidad no le invité. Pero todo lo demás es cierto. Lo que pasó es que le pregunté el nombre, le dije lo buena que estaba (siempre con educación) y me dijo algo como que: “Gracias, pero no me interesas”. Suele pasar muy seguido. Rechazo. Por eso es que estaba con Frida. Estamos dentro de los “rechazos”. Daba igual, sociedad de mierda. O quizá yo era la mierda de la sociedad, por eso es que mejor en una esquina estaba. No, no me consideraba un punto negro. Yo seguramente como que medio era el asterisco en medio de tanto punto. Después de todo mi cabello siempre se daba a notar, y yo muchas veces también. Algunos otros días le vi de nuevo a ‘Max’. Conversamos algunas veces. Pero de pronto la belleza se le fue cuando comenzó a hablar. O probablemente a mi me entraba el aburrimiento porque había pasado de ser una “diosa” a ser una “mortal”.  Sí, probablemente eso era. Había perdido sus poderes para convertirse en una débil humana. Que sangraba al igual que yo. De pronto otra figura de devoción se me presentó claramente, linda la figura de nueva devoción. Otro nuevo ciclo comenzó. Frida seguía caminando a mi lado, me regresaba a ver. ¿Podrá reconocerme? Eso espero, porque entre su mirada quiero que mi perra me recuerde que debo reconocer que hay mujeres del futuro y no diosas del pasado. Regresé a ver al cielo, hacía sol de lluvia. Debía regresar rápido para que a Frida no le de moquillo. 


Entre màs delirio, que verdad., 

Aururu

8 de noviembre de 2012

Rreirr


-        Simplemente no lo sé, señor.
-        No me venga a ver la cara de cojudo Ramírez – le dio otro fuerte golpe en la cara.
-        Señor, es en serio... A menos que prefiera que le mienta. – Ramírez esbozó una extraña sonrisa. Sin previo aviso su cabeza fue bruscamente tomada por el poco cabello que le queda, entre mechones que no se los cortaron bien, y hundida dentro de un pequeño cubículo del tamaño ideal lleno de agua. Pocos segundos dejaron de presionarle para halarle con fuerza en orden de mostrar su rostro mientras recuperaba la orientación que otra vez podía respirar.
-        ¿Como es esa cosilla de “a menos que prefiera que le mienta”  Ramírez? ¿ah? – preguntó el imponente tipo entre casi susurros.
-        Todo lo que recuerdo lo recuerdo mal, señor.  – contestó Ramírez impasible y casi divertido, reprimiendo carcajadas que llenarían todo la vacío y tétrico espacio de mala imitación de escena de interrogatorio.  Otro golpe fue recibido. Esta vez lo dejó un poco desorientado.
-        ¡Anda con tus excusas mediocres a otro lado, inútil de mierda! – le empujó, y cual jarrón sin vida con ruidoso estruendo sus huesos de la cara más próximos fueron a golpear el piso, junto con muchos otros músculos del cuerpo amarrado a la silla.
-        Con que me llegue a enterar que sí sabías Ramírez, te cago - esas palabras fueron como si quisieran violar y matar sus oídos, de alguna manera lo hicieron temblar. Al sentir que lo arrojaban en una esquina de la calle más próximo su pequeño interruptor se activó y comenzó a reír. A reír sin parar, despertando probablemente a todos aquellos de sus proximidades, despertando a niños para vivir una pesadilla, despertándose de su letargo de vida.
Él sabía quién era el chismoso. Un chismoso que debería ser considera héroe por tener los huevos para mandar a avisar que este temible Pancho Portilla, el mismito que le había cogido entre cuatro, era quién hacía las cuentas chuecas con comas y divisiones demás. Obvio, todo para conseguir plata pero a qué no adivinan para qué: para porros y mujeres. Y se suponía que el Portilla era el más correcto de todos y que algún día llegaría ser ejemplo nacional.
Otra vez las carcajadas le empezaron a resurgir. La estupidez de la realidad giraba ante este peculiar suceso. Los perfectos que son imperfectos, los imperfectos que siguen siendo imperfectos pero que automáticamente son rechazados. Los cuerdos que consiguen empleo para robar para supravivir, y los locos a quienes no les dan empleo y tienen que robar para tratar de vivir. Los diferentes sarcasmos de reír a grandes carcajadas estando moreteado.  Las grandes irónicas de saborear este tipo de dolor como el añorado dulce que la madre no compra al hijo berrinchudo.  Y se dio cuenta que estaba en medio de una especie de comedia de bajo presupuesto, en la cual tenía que interpretar al payaso y espectador. Sólo el maquillaje le faltaba porque la psicótica sonrisa de ironismo no se le quitaría en mucho tiempo.
Porque seguiría riendo para no llorar. Riendo para no quemar. Riendo para no matar.




Venga bueno va, esta tía a venido para algo,

Aururu

15 de octubre de 2012

Divagantes lluvias


Llovía. Llovía como algo cotidiano en mes de octubre frío casi descolorido. Un mes  casi de magia, el cual hacia que el amarillento color  del césped, que dañaba los ojos, se trasformase en verde apacible. Un verde que casi te sedaba y hacía que camines automáticamente rápido, esquivando los charcos y aumentado distancia entre la gente de la calle por los paraguas. Aumentado distancia entre la gente desconocida, entre la gente conocida, entre la gente por conocer. Una mística narradora se presenta desde el asiento detrás de una casa, donde la lluvia no le toca, o por lo menos eso es lo que aparentaba, que la lluvia no le toque.  Cuando te empieza a tocar es que empieza algo más profundo, ese leve toque que es como si se comenzara a cavar una zanja con golpes de aguja.

Esta, la narradora, se harta de mirar y va a experimentar. Se va a sentir la lluvia en lugar de imaginarla solamente. Se levanta con algunos achaques de dolores inventados, piensa en si debe o no ponerse zapatos, concluye que “hoy a la mierda todo” para posteriormente sacarse su blusa para que su pecho ,sostenido por delgadas telas conjugadas con encajes, experimente también el traqueteo que siempre se oía como impacto de dichas gotas de lluvia con el techo.  Antes de salir por un momento duda en hacerlo, pero era un patio privado y si así no lo fuese si no lo hacía hoy, la lluvia, esa lluvia que veía siempre por la ventana no iba a dudar para siempre. Salió de la habitación,  recorrió su camino hasta la puerta que le daba su objetivo. Empezaba a llover más fuerte. Otra vez dudó, no era moralmente correcto salir semidesnuda, hablando exclusivamente de su parte torácica y descalzos pies, a la luz del sol. Un pecado de lo más gravísimo entre los diversos niveles de desnudez que condenados eran, pero se volvía a repetir “hoy a la mierda todo”.

Abrió así pues la chapa, que casi por instantes se resistía a dejarle salir, para encontrarse efectivamente con la tormentosa lluvia que no parecía enojada, más bien se extendía a sí misma para dejarle al libre goce de nuestra narradora. Y nuestra narradora se repitió de nuevo “hoy a la mierda todo” para abrirse cual virgen excitada a recibir desesperadamente a la lluvia en su cuerpo. Y las gotas empezaron a caerle. Primero fue una, luego dos seguidas, pasaron a ser veinticinco y se trasformaron en más de  quinientos cuarenta y cuatro. Al principio el dolor del impacto de la pequeña primera molécula del agua recorrió con intensidad todos los receptores sensitivos de nuestra narradora; pero a medida que se expandían este dolor se trasformaba en puro placer. En exquisito manjar que casi hasta se podía gemir de la emoción, la intensidad de sentirse rodeada casi toda por el agua por el aire, por la lluvia que la bañaba casi como para transformarla en diosa sin mancha.Empezó a chillar, a gemir, a gritar, a dar vueltas, a sentirse casi poseída por el fenómeno metereológico que hasta parecía que violaba cada poro de su piel. 

Pero tal como vino, de repente la lluvia paró.

Nuestra narradora se encontró pues mojada, ahí, parada en busca de más. En busca de acallar deseo innato de continuar con aquello que cualquier tipo de satisfacción nos brinda. Pero ya no había más lluvia, ésta ya había parado. Y si volvía a llover, no sería la misma que la había cobijado como amante e hija pródiga a la vez. Sería una lluvia diferente, en última instancia la misma molécula de agua con casi el mismo enlace entre sus componentes; pero con diferente tipo de origen que aunque seguramente pareciere la misma, nunca llegaría a ser completamente igual. Y comenzó a divagar sobre cuán diferente hubiera sido este preciso momento si no se hubiera atrevido a salir semidesnuda a mojarse entre la lluvia que la llamaba. Quizá no estuviera sonriendo como tonta, sino estuviera con neutral rostro en frente de la lumínica pantalla del ordenador dos metros adentro. Todo hubiera sido diferente. ¿Ella sería diferente en ese instante? Pero por supuesto, cada día envejecía para morir, era obvio que era diferente, que siempre se trasformaba en algo efímero.

De algo estaba segura la narradora, tenía frío y por ahora necesitaba una toalla para no tener pulmonía. Secarse era la necesidad inmediata alejada de toda matriz filosófica. Después de todo la pulmonía no le iba bien, sin mencionar que no tenía dinero para el médico ni para las medicinas. Medicinas. Putas medicinas.  Lo verdaderamente  necesitaba era morfina para los pensamientos o un narcótico de conformidad; quizá así dejaría de divagar tanto y viviría más. Quizás viviría más… 


Para mi amado padre, en su cumpleaños.




El nervio trigémino se divide en tantas cosas que hasta parece medio polígamo,

Aururu

4 de octubre de 2012

Sin salida


Lucía, cual pequeña niña, fue advertida de no topar nada en el salón que entraría a continuación o advertida para que no rompa nada. Si lo hacía inmediatamente se le atarían las  manos con lo más cercano y útil que encontraran. Odiaba que la aten, le daba escalofríos, vómito, desesperación. Así que decidió no romper nada dentro de la pequeña habitación. 

Mas al momento de entrar un transparente y grandioso florero le pedía que lo tome, que lo rompa, que lo libere.

- Lucía, Buenas Tardes. 

Una voz proveniente de algún rincón de la habitación interrumpió sus ya instantáneos planes. Diligente y pausada la voz se hizo presente en la esquina, mientras se materializaba en un cuerpo humano que se dirigía hacia ella. Ahí íba de nuevo, la misma vuelta. Un terapeuta tras otro. Un psicólogo tras otro. Un psiquiatra, un doctor, un exorcista. Uno tras otro. No lo entedía porque ella debía comprender a los demás y ellos no le podían comprender a ella. 

"No mijita, no te acerques que sea niña está lacrada" 

Quizá esa frase pronunciada hace tantos y tantos años atrás fue el descandenante de una crisis grave que provocó que todos volcaran sus ojos hacia ella. No tenía nada raro: dos ojos, una nariz, cabello, buen cuerpo, buena pinta, dos piernas, dos brazos, respiraba... Era como los otros, como los otros cuerpos humanos que la rodeaban y la tildaban, y la señalaban, y que la llevaban  a "curarse". 

"¿A curarase de qué?" Se preguntaba ella misma siempre. Ellos no entendían, ellos no se daban cuenta, ellos no comprendían el bien máximo que ella había alcanzado a descifrar. Era por eso que cada cosa que pudiera rasgarla ella la tomaba y se rasgaba, con cada cosa que le gritaba salir de su cascarón ella simplemente acallaba sus gritos y lo rompía, cada vez que podía empezar a querer salir de su pellejo de piel lo intentaba. ¡Lo intentaba con todas las fuerzas que podía! 

- ¿Por qué lo haces? - le preguntó el terapeuta/exorcista/desconocido. 

-¿Hacer qué? - respondía siempre ella. 

- Lastimarte a ti misma. 

-No me lastimo.

-¿Entonces? 

-Sólo quiero salir. Salir de la prisión de mi cuerpo. ¿Es que nadie lo comprende? Estamos encerrados, encerrados, ¡encerrados! ¡Mi mente quiere ser libre! ¡LIBRE! 

Comenzó a gritar, a pararse a desgarrrar su ropa, la piel que el camino sus uñas encontraba. Comenzó a desesperarse al saber que no podía ella misma coger una tijera y partirse desde el orificio más próximo en dos. Se desesperó porque de nuevo la tomaron para amarrarla, de nuevo harían que se quede quieta, de nuevo la condenarían a una camisa de fuerza. De nuevo la condenarían a seguir encerrada. De nuevo la dejaban sin salida. 



Éste lo habiá estado pensando hace rato, pero hoy como niña perdida volvió a mis brazos,

Aururu

17 de septiembre de 2012

Diosas sin vestidos


Gota, gota. Pero no hay lluvia. Gota, gota. Sólo hay sol. Gota, gota. El bosque se quema. Gota, gota. Las llamas se extendieron, los bomberos no llegaron, mi casa en llamas, mi pierna amputada.

Malditos pirómanos, era lo que la gente decía.

Entonces maldito era yo.

No calculé que todo se saldría de control. Pero era inevitable, esos cerillos me llamaron, el cigarro me pedía sensualmente que lo dejara en medio de esa paja, el fuego excitantemente me llamaba para que lo observara, para que lo deseara.

Le pintan de naranja, de rojo, de amarillo; idiotas que sólo quieren retratar la pasión y no pueden lograr captar la hipnosis que el fuego posee. Esa hipnosis de invisible blanco de la llama que necesita impalpable oxígeno para sobrevivir.

¡Déjenla crecer, déjenla crecer! ¡Ignorantes, deben alimentarla!

Miro hacia el aparente blanco de la pared del hospital. Imitadores sin realidad del fuego. Observo el vació de mi pierna izquierda. El doctor ingresa, me informa que me había desmayado frente a la inhalación de los gases de las llamas Que se les dice diosas, no llamas. Mortal. Posteriormente se cree que una de mis piernas había quedado atrapada por una rama que había caído toda carbonizada y parcialmente quemándose, y es ahí donde mi miembro inferior fue calcinado. No me pude evitar reír con grueso e improvisado tono. Me entristecía no haberlo podido sentir por el estado inconsciente, me regocijaba en que la diosa que tiene el infinito calor hubiera sido alimentada con mi cuerpo.

Debería intentarlo de nuevo. Después de todo yo ya no perdería nada y completaría mi hazaña donando todo mi cuerpo.  Regalando mi cuerpo al que todos llamaban: el infierno, pero que para mí era el indiscutible cielo.

Un cielo rodeado del blanco promedio, envuelto entre las desnudas bailarinas que no ven, bailarinas ardientes, a más grados que la temperatura del sol. 

Hermoso. Hermoso. 


Este relato irá dentro de Las Mentes Cuerdas, de seguro,

Aururu


P.D. Todo esto casi inspirado en los últimos y tan a menudo, acontecimientos de Quito. Porque Quito grita por lluvia, y algún quiteño debe rogar que no la haya.