20 de enero de 2013

Entre las camelias

Para Dan, a su regreso.



El extraño sentido de libertinaje le invadía al  chocar contra las paredes de color pálido del pasillo, esas paredes que no reflejaban los recuerdos de sonrojos, risas y lamentos que muchos habían guardado en ellas;  siempre seguían ahí con el mismo neutral color como si nada hubiera pasado. Su cabello chocaba con sus mejillas al ritmo del  trote, jadeaba un poco y el brillo que poco antes se había colado en sus delgados labios ya no se le notaba mucho. Al llegar al final estuvo a punto de chocar con la puerta, que ya desgastada seguramente del golpe hubiera chirriado o caído al instante. Deteniéndose recuperó el aliento, se alisó un poco los cabellos, planchó con sus manos el ceñido vestido de flores, desde su dorso hasta su caída. Abrió la puerta.

              -        Buenas tardes – canturreó la voz al otro lado de la puerta.
          -        No te esperaba tan rápido aquí – dijo al chica aún con mejillas sonrojadas por la pequeña maratón de abrir la puerta a toda velocidad.
              -        Te dije que estaba cerca, ¿los demás?
              -        Tardarán en llegar…

Con cómplices miradas se lanzaron entre comunicación telepática puertas adentro. El chirrido de la puerta no se hizo esperar, pero no se molestaron en pararle atención así como tampoco prestaron atención ante el doble golpe de sus cuerpos contra la pared. Al momento de sentir el cerrar de la puerta sus bocas desesperadas se buscaron para danzar interminables ritmos de deseo en clave de Sol y  siempre con la clave de Fa acompañando con nostalgia.  Se sintonizó brevemente un temblor entre sus manos al apartarse y observarse más allá de los cristales de la educación social. 

             -        Te extrañé… te extrañé demasiado – susurró dolorosamente la chica de vestido de flores.
               -        Este vestido es demasiado… -gruñó entre dientes.
        -        ¿Provocador? – rio maliciosamente completando la frase, el asentimiento de confirmación por parte de la otra persona fue instantáneo. – Te lo he prometido, que me lo pondría para ti. Tú también me prometiste algo, ¿recuerdas?
              -        Cómo no recordarlo, mi amada Miriam – besándola, la tomó de la mano dirigiéndola a aquel conocido sillón al filo de las escaleras. Le indicó que se sentara y prontamente se puso de rodillas ante ella.  

           -        Pero ¿qué haces? – canturreó entre risas ante el inesperado gesto, mas paró al instante de encontrarse con los esmeraldas ojos de su acompañante y su feroz rostro transformándose al momento.

              -       "Entre perfumes de flores mi diosa espera por mí, ridículo el día en que se la compare con alguna de ellas. Pero mira, las mejillas sonrojadas tiene, ¿será por mí? ¡Ay! Si supiera el exclusivo dolor que me provoca el aire cuando ella no está presente, ¡ay! Si supiera… si supiera la añoranza hacia el contacto de su deliciosa piel, ¡ay! Debe saber que la extraño, que su hechizo sigue sin romperse, que añoro la proximidad de su esencia. Hoy la veré, hermoso día de gloria. Canturreará de nuevo su voz para mí, y yo me postraré a adorarle."

Con eso siempre las enamoraba, con eso siempre las transformaban en necesitadas mascotas. Todo era un ritual, primero el hablar, luego las palabras, el tradicional vestido de flores estampadas. Y posteriormente el poseerlas, sean vírgenes o no. Poco importaba siempre y cuando pudiera, después de tan delicioso y carnal acto, arrancarles los mechones de cabello tan anhelados. Siempre y cuando podría dejar oculto su cadáver. No es que él quisiera matarlas, pero siempre se permitía tomar el objeto de su deseo de su cabello ellas gritaban, siempre cuando les pedía convertirse en flor; ellas no lo hacían.

Días después lo llamarían el noticiero lo llamaría: “Asesino de las Camelias”, en honor  al estampado del vestido que siempre regalaba a sus víctimas. 


Este relato no es final original, pero parece más interesante,

Aururu


Arte por SevenSisters

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