13 de diciembre de 2014

Muchas realidades

Su lengua pastosa hizo que salivara y que, posteriormente, con dolor trague líquido de sí mismo. Lo que necesitaba era algo que le raspara la garganta, una bocarada de existencia previa, un trago. Sin ganas, se atrevió a levantarse de la chirriante y fría cama, a un lado dejó la cobija con un oso polar gigante que le acompañaba en estos días fríos. Avanzó el conocido camino hacia la refrigadora, que por ese entonces no se encontraba en la cocina sino en la que dizque era su sala. Tampoco era una refrigeradora lo que tenía en este entonces, era una pequeña nevera usada que mantenía frío aquello que frío debía estar. A veces se lamentaba que no mantiera fría cierta parte de sí mismo que le impulsaba a cometer huevadas, a calentar orejas, a utilizar solo una sábana en lugar de la cobija de oso y que le obligaba a redireccionar el dinero del líquido que ahora le era tan necesario hacia objetos de látex.

Toda la ciudad seguía despierta, eso era extraño para ser un martes pero a veces así suele suceder ciertos días al año. Abrió la pequeña nevera: medio queso, menos de 150 ml de leche, al fondo un pimiento pudriéndose partido a la mitad y en la parte más amplia: ¡voilá! Una botella. La tomó, parecía vacía, aun así tuvo la leve impresión (y más que todo esperanza) de que no fuera así. La destapó y la acercó hacia sus gruesos labios. Ni una gota, solo el olor. Aspiró lo más fuerte que podía ese olor con decepción insistente. Ganas no le faltaban para saciar su deseo, el dinero sí y Don Carlos ya le había fiado mucho la anterior semana. Abriendo el tarro negro de basura, de aquellos que se pueden abrir con el pie, botó la botella; deshaciéndose de manera física de la ilusión que le hizo levantarse. No suspiró, no se retorció, no se entristeció. Estaba cansado para hacerlo. Solo permaneció ahí, en la dizque sala parado junto al aparente refrigerador mirando hacia afuera. Su cara se iluminó de rojo cuando el fuego artificial que el vecino, ubicado a más de ocho cuadras, lanzó al aire explotó. Se rascó la nariz, mejor se iba a meter de nuevo bajo la cobija.

Afuera seguían viviendo las campanas de Belén.

El tráfico es insoportable, si ven a alguien corriendo por ahí sería yo. 

Aururu

Víctimas del porno

 ¿Sabes qué es lo bueno de ser mandarina? Que te la pelan, te la chupan y te dejan en pepas.
- ¿Y si te la chupan mal y te sacan a mordidas algún pelo?
- Dah, por eso mismo uno antes se los rasura bonito. 
Entró a la ducha, se había levantado 45 minutos tarde y parecía que todo se volvió un total caos. Corría de un lado a otro buscando una toalla limpia porque ayer también se había olvidado de lavar las que estaban mojadas, lo único que encontró era una poco proporcional a su cuerpo. Miró de nuevo al reloj ,no se dió el lujo de: (1) no bañarse (2) no bañarse porque la toalla era muy pequeña (2) no bañarse porque la toalla era muy pequeña y estaba atrasada. Pero sí se dió el lujo de mirarse al espejo, notar las hojeras que le sobrevino los acontecimientos de la noche anterior. Se quitó rápidamente la camiseta con estampado de búho que le había regalado su prima diciendo que erahermosa y el pantalón gris manchado de cloro; su gusto por el pantalón era puramente sentimiental pero el uso de esa camiseta se devenía al deseo de no malgastar un regalo que de hermoso no tenía nada. Miró su cuerpo desnudo en el espejo, sus pezones se entumecieron rápidamente; bajó su vista como mirando al piso pero no era al piso a lo que miraba y exhaló fueremente.Se metió a la ducha y giro la perilla que abría intempestivamente el chorro de agua. Una punzada, al principio fría, le recorrió todo el cuerpo al irse acostumbrando a la temperatura y hasta que el agua se calentaba. Con el jabón empezó a lavarse primero la cara, a continuación sus brazos, su pecho, su abdomen, su pelvis. Y al llegar ahí una estampida salvaje de emociones la acompañó e hizo que dudara que si lo que estaba obstruyendo sus ojos solo era el agua de la ducha. 
Era una buena noche, parecería que tendría sexo. El ligue fue extraño, ella se encontraba ajetreada por todo lo que, a pesar de que la semana se habría terminado, tendría que hacer. Él parecía que estaba en un estado equivalente. La conexión de ojos de un período variable, de persona a persona, sobrelleva a interpretaciones varias; es así como el experimento comienza con un “Hola” y suele terminar con un “métemela ya”. En esta ocasión él ofreció un lugar apropiado, generalmente son los otros quienes ofrecen. Y al llegar al lugar apropiado se camina en círculos, se observar los azulejos y se habla del clima hasta el primer beso. Pero aunque parecería que fuese una buena noche, una cosa había olvidado. Ahí abajo esta ocasión no había exclusivamente tersa piel, por el contrario era un pequeño cactus de largas espinas color negro que, aunque no dolían, daba otra textura; se preocupó por breves instantes pero optó por dejarse llevarse. Se vino en picada lo de dejarse llevar cuando él tonó esa textura. Dió un pequeño salto, abrió los ojos, y la mirada de los dos se chocaron. Ella suplicante, él asqueado. El sexo continuó hasta el preservativo lleno pero no hizo que la noche fuera buena. Por el contrario, por el contrario. Él mantuvo la misma cara de asco todo el tiempo, ella la misma cara suplicante. Al despedirse los dos simulaban pero la incomodidad estaba omnipresente como las cámaras en los buses en Quito. Ella dIó una media sonrisa, él también. Ella no pudo evitar decir “lo siento” y él insitintivamente respondió “ya nada”.
La rasuradora no estaba lejos pero de nuevo recordó que se le hacía tarde. Viendo su piel brillante y aún teniendo la imagen de la noche anterior se le cruzó por la cabeza que mejor hubiera sido regresar a casa a masturbarse. Hubiera sido, por lo menos, menos doloroso emocionalmente.  De inmediato pensó en la pornografía. Se le vino la imagen de las perfectas y aceitadads pieles, de las concepciones de tipológicas de muñecas Barbie y de inminente satisfacción que siempre, siempre se muestra. Cerró la llave de la ducha para sacudirse, después de todo la toalla no era del tamaño adecuado. Al salir vió de nuevo su reflejo en el espejo, cómo las gotas le chorreban el cuerpo, cómo el cabello húmedo le tapaba los senos. Se veía hermosa. Suspiró. A pesar de que se sentía hermosa, un escupitajo mental le llegaba a sus pensamientos y le impedía seguir disfrutando de ese momento. Su celular sonó. Se secó las manos, se puso de nuevo la camiseta de búho y el pantalón. Lo contestó. 
- Aló. 
- Ya decía yo que seguías en la casa. – se escuchó refunfuñar al otro lado.
- ¿Cómo chucha sabes que sigo acá? – respondió rápidamente ella entre enojada y meláncolica. 
- Porque no dijiste “Ya llego, ya llego”. – Ella torció los ojos mientras al otro lado se escuchó una risa burlona. La otra voz habló de nuevo.  – Apúrate ve.
- Ya, ya.
Un silencio en la llamada se hizo, de esos silencios en los cuales no sabes qué decir pero no suelen ser el momento oportuno para colgar. 
- ¿Cómo estás? – intervino la otra voz del celular. 
- Sintiéndome víctima. – respondió suspirando ella. 
- ¿Víctima? 
- Sí, víctima del porno. 
Les comparto cosas del otro yo que soy yo,
Aururu

P.D. Arte por Andrés Burbano. 

16 de enero de 2014

La mujer pulpo

Soy la mujer pulpo
la mujer que lo quiere
todo. La diferencia entre 
conseguir y quitar no existe. 
Ven, he de succionar tus miedos
y colorear tus tácitas ambiciones. 
Soy la mujer que te escribirá
con tinta de perenne 
permanencia su nombre en
tu piel. Soy una mítica
criatura insaciable, que 
te mira y no deja de observarte. 
Y que por último te dará dos determinadas opciones de vida: 
el estrangulamiento y sumición absoluta ante la diosa de múltiples miembros 
ó aceptar la huída inminente de ella, 
el ente que solo puedes ver en solsticios de otoño. 
A mí, a la mujer pulpo, no puedes encarcelar. 
Dame la muerte antes que el encierro. Una
especie inexistente debe permanecer perpetua. 
Déjame ser tu mujer pulpo

No me disfruto demasiado en el clima costeño,
Aururu