16 de febrero de 2018

Una real audición

La onomatopeya para una luz nunca ha sido suficiente para describirla. Sin embargo, esa luz en particular podría describirse como una afrenta hacia los sentidos. El reflector no estaba bien calibrado, el foco parecía provenir de una ferretería en decadencia y las voces en la oscuridad le hablaron de manera pastosa y cansada. 

-¿Gabriela... Bermúdez? 

- Esa misma soy yo. 

- Puede comenzar cuando quiera pero le recuerdo que tiene un máximo de tres minutos. 

El corazón no le latió con fuerza, ella ni siquiera sabía lo que era realmente eso. Si el corazón le hubiera latido con fuerza probablemente no estaría ahí frente a cuatro jueces sino frente a cuatro doctores en el centro de salud más cercano (en el hospital seguramente le hubiera mandado al centro de salud, así que para qué mentirnos con palabrería halaja). 

- Soy Gabriela Bermúdez - al momento que acabó su oración se arrepintió. Estaba repitiendo una información que ya se había dado. - Adicionaré para el Miedo. 

- ¿Qué está diciendo esta chica? - preguntó una de las voces sin contenerse. Los demás la callaron, pero se escucha un eco de la misma pregunta entre los "deja que hable"y "veamos qué tiene".

- Yo... No soy de aquí. Me trajeron a rastras con la boca cocida, me obligaron a mantener los ojos bien abiertos. Al principio no pasaba nada. Yo era yo, quién más podría ser. Y luego pasó. Que yo me convertí en alguien. De uñas a pestañas, de piel a huesos, de colon a cerebelo. Eso era yo, en mi primer viaje cuando conocí a todos los otros. Sus ojos se quedaban fijos en mi mí, los blancos glóbulos ni siquiera podían girar a todas las direcciones posibles, pero las sensaciones desafiaban a todo lo que parecía que no podía ser. Temblaba, trémula, empequeñecida. Todos eran particulares menos un peculiar par. Esos ojos parecían ser amarillentos. El rostro de esos ojos no sé cómo era, pero sentía que me miraba. En cada bache, en cada parada, solo seguía mirándome. Me expandí como  vendas que cubrieron todo cuerpo, apretujaban y dificultaban respirar. Eran vendas que tenían mi esencia, transparentes. Evolucionaba en el transcurso del tiempo. Tomaba posesión del cuerpo, pero seguía sin ser mío. Miraba hacia el frente, con la espalda recta en el asiento, sin poder moverme. En cada movimiento mi piel era frotada con la seca y áspera chaqueta del otro. El par de ojos seguían mirándome. Cuando este cuerpo sentía el roce de esa ropa, imágenes súbitas aparecían. Grises contornos que nos tocaban. Bocas pintadas que me negaban. Pantallas con estática de cuyos parlantes por intervalos se escuchaba anuncios desmereciéndome. Otra vez, los ojos seguían escudriñándome. Cuando me aventuraba a mirar, el cuerpo de ella me absorbía y teníamos intensos calambres en el cuello. Sentía cómo la respiración de ese otro cuerpo me envolvía como neblina, mis ojos se nublaban. Controlaba la respiración, la acompasaba a mi rapidez y desesperación. Cuando finalmente, sin querer, me uní al cuerpo de ella, todas mis sensaciones se expandieron. Caímos en la espiral que tanto me gusta. Era como si este cuerpo fuera un envase ideal para mí, moldeado a mis preferencias. Qué éxtasis. Lo mejor era a aceptación de ella, cómo se dejaba devorar. Para nosotras esos ojos siempre nos siguieron hasta que salimos del autobús. Salimos pero yo no. En una exhalación me sentí otra vez yo misma porque ella me había expulsado. Eso creyó. Había salido del cuerpo que ahora observaba. Pero algo me faltaba. Ella había quedado con un pedazo de mí, quería ese pedazo de vuelta. Así que decidí quedarme en ella. Una vez por semana. Tres veces por día. Justo ahora. 

Gabriela con los ojos abiertos, resecos, jadeando y de rodillas peinó su cerquillo hacia atrás. Tragó saliva para aclarar su garganta y agradeció el tiempo de las voces. Sin una contestación breve, comenzó a sentir cómo otra vez ella la invadía. Un pensamiento se le cruzó "yo te dije que era muy cliché". 

- Gracias Gabriela, te llamaremos. 

Te llamaremos. Te llamaremos. Te llamaremos. Te llamaremos. Te llamaremos. 

"Ya nada"

7 de junio de 2016

Catarsis

Yo ya no existo aquí, no soy. Niego los recuerdos que vienen a mí, realizando carreras de alta velocidad para chocarse estrepitosamente contra mis propias e infátuas murallas, igual que sesiguen chocando y cuando todas se apilan caen sobre mi cabeza. Una enorme pila de memorias quebradas que cae sobre mi espalda, mis pequeños omóplatos no lo soportan y se quiebran como yo me he quedrado, todos seguramente. Ahora que mi cabeza no tiene soporte, porque mis omóplatos quedrabos están, lo que hago es girar hacia la derecha para encontrar el sepacio, lo que hago es girar hacia la izquierda para encontrar la multiud, lo que hago es mirar hacia arriba para encontrar la existencia. La enorme existencia. En la distancia una luz se extingue, espero no sea la mía. Reocnozco que engullida estoy, también estoy neurótica, también estoy neurasténica, también estoy todas las ignominias en mi contra, también soy la sal que quedó cuanto todo al final se evaporó. Soy, como Wolf, una muchacha en esta sala. Soy, como Lispector, la joven que se encontró al ver una cucachara. Soy, como Kolwalki, descriptiva. Soy, como la Aururu, una mujer que sigue aquí, que sigue allá, que sigue ahí, que sigue. Que sigue.

Yo tampoco lo entiendo, pero no he respondido.  


Aururu

28 de septiembre de 2015

Manifiesto de una mujer al borde de romper la hoja

Las veces que el esfero cae de mis manos, cuando mi estómago tiene ritmos peristálticos extraños por la falta de sustancias que desintegrar, mis ojos se decaen y las arrugas de mi frente se hacen más profundas.
Esos días, mi nariz se enfría y parezco un animal. 
Bueno fuera que fuera uno. 


Tal vez si lo soy.

 Parecería que esos son los días más pastosos, pero por el contrario son momentos de 

                             autoconsciencia exacerbada. 

Aún me parece ridículo como los estudiosos presentan una especie de descripcciones plagadas de “disminución de” cuando uno se está en este tipo de estados. 

En el abismo.

        Yo simplemente siento que todo recae abrumadora sobre mi hombro derecho, quinientos quintales de pesares.

                                Pesares, pesares. 






Hemos empezado de nuevo,


Aururu

20 de mayo de 2015

Síntitu Lo

¿En qué me he convertido?
En un monstruo reflejo de mis propias condenas, 
en el destino de los desechos del mundo, 
en los fluídos incoloros de las amnistías mal desarrolladas. 
Un monstruo de mil tentáculos
se han convertido en navajas,
destruyen y lacran. Me he lacrado a mí misma. 
Habito otra piel, 
ya no tengo piel. 
Cuando caigas a mi nivel
no hay más hondo
la profundidad es solo un mito para quienes temen
a la oscuridad, la he engullido yo. 


Leamos "Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina",

Aururu


27 de marzo de 2015

Conversaciones (I)

- ¿Tú alguna vez lo has sentido? 
- ¿El qué?
- Esa sensación de estar en la presencia de un ser... no, no. Esa mirada, sí. Has sentido esa mirada de devoción eterna en donde te ves el universo,en donde se pierde todo por instantes ¿lo has experiementado una y otra vez? Eso, eso que a la ausencia sabes que parece que no son solo ilusiones, sueños, la realidad alterna que se proyecta al infinito y que jamás se volverá realidad palpable. Y duele y te da vida y te da muerte y te cura todo al mismo tiempo. Y que un día cual oximoron, nunca me gustó esa palarba en realidad, pero como si se interpusiera todo al mismo tiempo y se convierta en el vórtice que lo traga todo al verte con esa persona. 
- No, nunca.
- Chuta... bueno. 
- Pero capaz es como comer pizza, ¿no?
- ¿Sientes devoción por la pizza? 
- Obvio.
- Me das lástima.


Las horas no pueden pasar volando por falta de gasolina, 

Aururu

15 de febrero de 2015

Climax exacerbado

The Girl I love - Francesco Tortorella
Situación de inminente estrés es. Es. La mujer se desespera e intenta escapar. No puede, solo se sostiene de los filos de la cama entrando en estados diferenciados de conciencia. Mejor levanta los dos brazos, cae, se hunde, se descontrola y grita. De esos gritos que no dan miedo, pero que podrían perturbar a quien los escuchara. Y la mujer estando a punto de la muerte se envuelve en sí misma en una crisálida. Se expande con la habitación, con el mundo y el universo. Flota entre escombros variopintos y retazos de inconclusos proyectos. Sube, se inunda de sangre. Súbitamente bajan múltiples descargas y ella destruye la crisálida y explota. El estado de trance la mantiene en el limbo del más acá y el más allá. Atribuciones momentáneas a terceros, para luego asimilar que sólo existe ella para sí misma. Se retuerce en sábanas de delgado tejido y acaba tumbándose, agradeciendo no haber huido de esta cercanía mortuoria que terminó en contraposiciones, de ahogamientos en muchos tipos de profundidades. Y quiere volver a ser un feto, descansar y volver a nacer. Cuando vuelve para sí misma, sus labios son asaltados por más demanda. Se detiene y susurra Agua, entre la completa consciencia automática. Jadeante repite la petición de su boca reseca, de su suplicante garganta. Su deseo es concedido. Bebe, respira, bebe, se reestablece. Mira a su alrededor y sonríe. Está lista de nuevo para la batalla.


Mejor escuchemos "La tempestad", 

Aururu

13 de diciembre de 2014

Muchas realidades

Su lengua pastosa hizo que salivara y que, posteriormente, con dolor trague líquido de sí mismo. Lo que necesitaba era algo que le raspara la garganta, una bocarada de existencia previa, un trago. Sin ganas, se atrevió a levantarse de la chirriante y fría cama, a un lado dejó la cobija con un oso polar gigante que le acompañaba en estos días fríos. Avanzó el conocido camino hacia la refrigadora, que por ese entonces no se encontraba en la cocina sino en la que dizque era su sala. Tampoco era una refrigeradora lo que tenía en este entonces, era una pequeña nevera usada que mantenía frío aquello que frío debía estar. A veces se lamentaba que no mantiera fría cierta parte de sí mismo que le impulsaba a cometer huevadas, a calentar orejas, a utilizar solo una sábana en lugar de la cobija de oso y que le obligaba a redireccionar el dinero del líquido que ahora le era tan necesario hacia objetos de látex.

Toda la ciudad seguía despierta, eso era extraño para ser un martes pero a veces así suele suceder ciertos días al año. Abrió la pequeña nevera: medio queso, menos de 150 ml de leche, al fondo un pimiento pudriéndose partido a la mitad y en la parte más amplia: ¡voilá! Una botella. La tomó, parecía vacía, aun así tuvo la leve impresión (y más que todo esperanza) de que no fuera así. La destapó y la acercó hacia sus gruesos labios. Ni una gota, solo el olor. Aspiró lo más fuerte que podía ese olor con decepción insistente. Ganas no le faltaban para saciar su deseo, el dinero sí y Don Carlos ya le había fiado mucho la anterior semana. Abriendo el tarro negro de basura, de aquellos que se pueden abrir con el pie, botó la botella; deshaciéndose de manera física de la ilusión que le hizo levantarse. No suspiró, no se retorció, no se entristeció. Estaba cansado para hacerlo. Solo permaneció ahí, en la dizque sala parado junto al aparente refrigerador mirando hacia afuera. Su cara se iluminó de rojo cuando el fuego artificial que el vecino, ubicado a más de ocho cuadras, lanzó al aire explotó. Se rascó la nariz, mejor se iba a meter de nuevo bajo la cobija.

Afuera seguían viviendo las campanas de Belén.

El tráfico es insoportable, si ven a alguien corriendo por ahí sería yo. 

Aururu

Víctimas del porno

 ¿Sabes qué es lo bueno de ser mandarina? Que te la pelan, te la chupan y te dejan en pepas.
- ¿Y si te la chupan mal y te sacan a mordidas algún pelo?
- Dah, por eso mismo uno antes se los rasura bonito. 
Entró a la ducha, se había levantado 45 minutos tarde y parecía que todo se volvió un total caos. Corría de un lado a otro buscando una toalla limpia porque ayer también se había olvidado de lavar las que estaban mojadas, lo único que encontró era una poco proporcional a su cuerpo. Miró de nuevo al reloj ,no se dió el lujo de: (1) no bañarse (2) no bañarse porque la toalla era muy pequeña (2) no bañarse porque la toalla era muy pequeña y estaba atrasada. Pero sí se dió el lujo de mirarse al espejo, notar las hojeras que le sobrevino los acontecimientos de la noche anterior. Se quitó rápidamente la camiseta con estampado de búho que le había regalado su prima diciendo que erahermosa y el pantalón gris manchado de cloro; su gusto por el pantalón era puramente sentimiental pero el uso de esa camiseta se devenía al deseo de no malgastar un regalo que de hermoso no tenía nada. Miró su cuerpo desnudo en el espejo, sus pezones se entumecieron rápidamente; bajó su vista como mirando al piso pero no era al piso a lo que miraba y exhaló fueremente.Se metió a la ducha y giro la perilla que abría intempestivamente el chorro de agua. Una punzada, al principio fría, le recorrió todo el cuerpo al irse acostumbrando a la temperatura y hasta que el agua se calentaba. Con el jabón empezó a lavarse primero la cara, a continuación sus brazos, su pecho, su abdomen, su pelvis. Y al llegar ahí una estampida salvaje de emociones la acompañó e hizo que dudara que si lo que estaba obstruyendo sus ojos solo era el agua de la ducha. 
Era una buena noche, parecería que tendría sexo. El ligue fue extraño, ella se encontraba ajetreada por todo lo que, a pesar de que la semana se habría terminado, tendría que hacer. Él parecía que estaba en un estado equivalente. La conexión de ojos de un período variable, de persona a persona, sobrelleva a interpretaciones varias; es así como el experimento comienza con un “Hola” y suele terminar con un “métemela ya”. En esta ocasión él ofreció un lugar apropiado, generalmente son los otros quienes ofrecen. Y al llegar al lugar apropiado se camina en círculos, se observar los azulejos y se habla del clima hasta el primer beso. Pero aunque parecería que fuese una buena noche, una cosa había olvidado. Ahí abajo esta ocasión no había exclusivamente tersa piel, por el contrario era un pequeño cactus de largas espinas color negro que, aunque no dolían, daba otra textura; se preocupó por breves instantes pero optó por dejarse llevarse. Se vino en picada lo de dejarse llevar cuando él tonó esa textura. Dió un pequeño salto, abrió los ojos, y la mirada de los dos se chocaron. Ella suplicante, él asqueado. El sexo continuó hasta el preservativo lleno pero no hizo que la noche fuera buena. Por el contrario, por el contrario. Él mantuvo la misma cara de asco todo el tiempo, ella la misma cara suplicante. Al despedirse los dos simulaban pero la incomodidad estaba omnipresente como las cámaras en los buses en Quito. Ella dIó una media sonrisa, él también. Ella no pudo evitar decir “lo siento” y él insitintivamente respondió “ya nada”.
La rasuradora no estaba lejos pero de nuevo recordó que se le hacía tarde. Viendo su piel brillante y aún teniendo la imagen de la noche anterior se le cruzó por la cabeza que mejor hubiera sido regresar a casa a masturbarse. Hubiera sido, por lo menos, menos doloroso emocionalmente.  De inmediato pensó en la pornografía. Se le vino la imagen de las perfectas y aceitadads pieles, de las concepciones de tipológicas de muñecas Barbie y de inminente satisfacción que siempre, siempre se muestra. Cerró la llave de la ducha para sacudirse, después de todo la toalla no era del tamaño adecuado. Al salir vió de nuevo su reflejo en el espejo, cómo las gotas le chorreban el cuerpo, cómo el cabello húmedo le tapaba los senos. Se veía hermosa. Suspiró. A pesar de que se sentía hermosa, un escupitajo mental le llegaba a sus pensamientos y le impedía seguir disfrutando de ese momento. Su celular sonó. Se secó las manos, se puso de nuevo la camiseta de búho y el pantalón. Lo contestó. 
- Aló. 
- Ya decía yo que seguías en la casa. – se escuchó refunfuñar al otro lado.
- ¿Cómo chucha sabes que sigo acá? – respondió rápidamente ella entre enojada y meláncolica. 
- Porque no dijiste “Ya llego, ya llego”. – Ella torció los ojos mientras al otro lado se escuchó una risa burlona. La otra voz habló de nuevo.  – Apúrate ve.
- Ya, ya.
Un silencio en la llamada se hizo, de esos silencios en los cuales no sabes qué decir pero no suelen ser el momento oportuno para colgar. 
- ¿Cómo estás? – intervino la otra voz del celular. 
- Sintiéndome víctima. – respondió suspirando ella. 
- ¿Víctima? 
- Sí, víctima del porno. 
Les comparto cosas del otro yo que soy yo,
Aururu

P.D. Arte por Andrés Burbano. 

16 de enero de 2014

La mujer pulpo

Soy la mujer pulpo
la mujer que lo quiere
todo. La diferencia entre 
conseguir y quitar no existe. 
Ven, he de succionar tus miedos
y colorear tus tácitas ambiciones. 
Soy la mujer que te escribirá
con tinta de perenne 
permanencia su nombre en
tu piel. Soy una mítica
criatura insaciable, que 
te mira y no deja de observarte. 
Y que por último te dará dos determinadas opciones de vida: 
el estrangulamiento y sumición absoluta ante la diosa de múltiples miembros 
ó aceptar la huída inminente de ella, 
el ente que solo puedes ver en solsticios de otoño. 
A mí, a la mujer pulpo, no puedes encarcelar. 
Dame la muerte antes que el encierro. Una
especie inexistente debe permanecer perpetua. 
Déjame ser tu mujer pulpo

No me disfruto demasiado en el clima costeño,
Aururu

18 de agosto de 2013

Un spark cualqueira, cualqueira

Un día cualquiera que quisieran, en la calle que recuerdes con muchos autos.

                   -          Dele, dele, dele, dele, dele. ¡Ahí no más reina! –golpeó dos veces el capó del auto verde.- ¡Ahorita sí salga no más!

Un brazo bajaba rápidamente el vidrio. Una mujer elegantona le extendió la mano llena de pecas y con uñas largas de color cielo. Le pareció muy bonita, pero no dijo nada.

                    -          Gracias

Le dijo mientras le regalaba una sonrisa. Recibió las monedas, agachó la cabeza en signo de agradecimiento. La mujer arrancó de frente hacia el semáforo en verde. Momento después mientras contaba las en las monedas recibidas se dio cuenta de algo.

                    -          ¡Por la grandísima! – exclamó casi a gritos.
                    -          ¿Qué pasó? – le preguntó un compañerito del oficio, cercano a él.
                    -          La vieja que se fue le chocó el carro del don Francisco. – se  pasó la mano por la cabeza preocupado.
                    -          Chuta hermano, así pasa.

Y eso fue lo que pasó ese día. 




Antes de que te vayas vas a contemplar,


Aururu

13 de julio de 2013

Para caminar

Cruzaban las calles llenas de polvo y cenizas, llenas de Eliécer Cárdenas. Multiformes 
circunstancias las reunieron a dicho acto.  Una de las tácitas dos muchachas que cruzaban las calles se quejaba del excesivo lodo que manchaba sus zapatos color lavanda que, según decía ella , tenían el mismo olor (seguro cuando recién los compró). La otra, de estas dos anómicas, se quejaba de que la otra se quejara. La primera al oir las quejas de la segunda le gritó que eran zapatos muy caros. La segunda le respondió que sólo eran zapatos y que para caminar se hicieron. La primera indignadísima (sí, con superlativo), con la respuesta de la segunda, alzó la mano y tomó un taxi. La segunda suspiró resignada y siguió caminando porque ni para el bus tenía. 


En un mundo ideal comeríamos pan con cola mientras escuchamos a Sven, 

Aururu

18 de mayo de 2013

Diálogos (II)


- ¿Algo no te gustó, verdad?

- ¡Oh!, no en realidad disfruté mucho el día de hoy…

- Si te molesta algo, puedo cambiarlo de inmediato…

- No… Solo me molesta el sistema.

- ¿El sistema?

- Sí, este revoltijo de basura en venta, el maldito dinero, este auto rojo. Todo esto. El hecho de que tengo que comer para vivir, saber que destruyo el planeta con cada respiro que doy y aun así querer seguir viviendo. El hecho de que quieras cambiar inmediatamente una cosa que no me gusta. La ilusión de perfección que queremos crear y no conseguiremos… Jamás. Nunca.

- Vaya…

- ¿El qué?

- Odias.

- Odio a la humanidad, me odio a mí misma.

- Yo no te odio.

- Gracias.

Permanecieron en silencio mientras él la lleva de vuelta de donde la había recogido, y ella trataba de guardar de nuevo en el secreto cofre de la ira su odio para no redireccionarlo hacia la forma de vida más próxima. 


Venga pues. Bailemos hasta morir,

Aururu.  

22 de febrero de 2013

Diálogos (I)


-          ¿Por qué nunca pretendes acercarte a nadie?
-          Porque todos son humanos.
-          ¡Tú también lo eres!
-          Sí, lo sé. Lamentablemente lo sé.
-          Estás mal de la cabeza.
-          Tú lo estás, no comprendes que al fin y al cabo, siempre al final no importa cuánto ames, no importes cuánto te preocupes siempre seguirás solo. Completamente solo, somos seres encerrados impermeablemente por un plástico invisible del cual a veces nos olvidamos, pero que siempre nos revela que la única verdad es la soledad.
-          En serio que estás mal de la cabeza.
-          Puede ser, quizá ese es mi más grande deseo.
-          ¿El qué?
-          Que la locura me consuma y me deje olvidarme de la alegoría del plástico. 

Para no repetir la historia


Era de esperarse tal suceso, como la lluvia ante el preludio de borrascosas nubes. ¿Dónde había quedado su propia identidad? Mezclada entre impuros intentos de educación y marginación estándar seguramente. La explosión de su propio ser entre telarañas de oscuros encajonamientos fue inevitable.

>> ¿Qué es lo que pienso? – contestó eufórica – pienso que todo esto me chupa un huevo.

Abandonó de inmediato el salón que siempre estaba rodeado de extensas bancas y nulas identidades que igual que las paredes blancas, solo reflejan todo lo brillante que se les anteponía en frente. La religión le había enseñado a ser un conjunto, en lugar de ser una unidad. Y hoy que particularmente no tenía ánimos de arrodillar su voluntad frente a nadie fue terrible. Porque no se postró ante el altar, le metieron primero un carajaso que le recordó su punzante dolor de cabeza y no pudo evitar la instantánea reacción de segundera y directa respuesta –dígase mandar al carajo a las monjas, al sacerdorte y luego escupir en la sagrada capilla - . Las monjas la tomaron de las dos manos, y se la llevaron a rastras. Entre estos sucesos en el dicho establecimiento se susurró que la Martita tenía el diablo dentro y que la estaba exorcizando el padre Juaquín.  La Martita era la niña de pelo enmarañado y churoso traída cuando sus padres  -cirquenses vale decir- murieran por cierto extraño incendio cuando su caravana cerca de la iglesia se paró. Martita era la niña de media estatura, Martita era la niña que dibujaba y jugaba fútbol. Luego Martita fue la chica que odiaba a las monjas y se contrabandeaba libros. Martita fue la joven que el padre Juaquín casi viola. Martita fue la joven que les agarró a golpes causándoles casi l muerte a todos estos carceleros santos y salió huyendo para formar su propio circo. Su propio circo para que ojalá no se repita la historia. 

20 de enero de 2013

Entre las camelias

Para Dan, a su regreso.



El extraño sentido de libertinaje le invadía al  chocar contra las paredes de color pálido del pasillo, esas paredes que no reflejaban los recuerdos de sonrojos, risas y lamentos que muchos habían guardado en ellas;  siempre seguían ahí con el mismo neutral color como si nada hubiera pasado. Su cabello chocaba con sus mejillas al ritmo del  trote, jadeaba un poco y el brillo que poco antes se había colado en sus delgados labios ya no se le notaba mucho. Al llegar al final estuvo a punto de chocar con la puerta, que ya desgastada seguramente del golpe hubiera chirriado o caído al instante. Deteniéndose recuperó el aliento, se alisó un poco los cabellos, planchó con sus manos el ceñido vestido de flores, desde su dorso hasta su caída. Abrió la puerta.

              -        Buenas tardes – canturreó la voz al otro lado de la puerta.
          -        No te esperaba tan rápido aquí – dijo al chica aún con mejillas sonrojadas por la pequeña maratón de abrir la puerta a toda velocidad.
              -        Te dije que estaba cerca, ¿los demás?
              -        Tardarán en llegar…

Con cómplices miradas se lanzaron entre comunicación telepática puertas adentro. El chirrido de la puerta no se hizo esperar, pero no se molestaron en pararle atención así como tampoco prestaron atención ante el doble golpe de sus cuerpos contra la pared. Al momento de sentir el cerrar de la puerta sus bocas desesperadas se buscaron para danzar interminables ritmos de deseo en clave de Sol y  siempre con la clave de Fa acompañando con nostalgia.  Se sintonizó brevemente un temblor entre sus manos al apartarse y observarse más allá de los cristales de la educación social. 

             -        Te extrañé… te extrañé demasiado – susurró dolorosamente la chica de vestido de flores.
               -        Este vestido es demasiado… -gruñó entre dientes.
        -        ¿Provocador? – rio maliciosamente completando la frase, el asentimiento de confirmación por parte de la otra persona fue instantáneo. – Te lo he prometido, que me lo pondría para ti. Tú también me prometiste algo, ¿recuerdas?
              -        Cómo no recordarlo, mi amada Miriam – besándola, la tomó de la mano dirigiéndola a aquel conocido sillón al filo de las escaleras. Le indicó que se sentara y prontamente se puso de rodillas ante ella.  

           -        Pero ¿qué haces? – canturreó entre risas ante el inesperado gesto, mas paró al instante de encontrarse con los esmeraldas ojos de su acompañante y su feroz rostro transformándose al momento.

              -       "Entre perfumes de flores mi diosa espera por mí, ridículo el día en que se la compare con alguna de ellas. Pero mira, las mejillas sonrojadas tiene, ¿será por mí? ¡Ay! Si supiera el exclusivo dolor que me provoca el aire cuando ella no está presente, ¡ay! Si supiera… si supiera la añoranza hacia el contacto de su deliciosa piel, ¡ay! Debe saber que la extraño, que su hechizo sigue sin romperse, que añoro la proximidad de su esencia. Hoy la veré, hermoso día de gloria. Canturreará de nuevo su voz para mí, y yo me postraré a adorarle."

Con eso siempre las enamoraba, con eso siempre las transformaban en necesitadas mascotas. Todo era un ritual, primero el hablar, luego las palabras, el tradicional vestido de flores estampadas. Y posteriormente el poseerlas, sean vírgenes o no. Poco importaba siempre y cuando pudiera, después de tan delicioso y carnal acto, arrancarles los mechones de cabello tan anhelados. Siempre y cuando podría dejar oculto su cadáver. No es que él quisiera matarlas, pero siempre se permitía tomar el objeto de su deseo de su cabello ellas gritaban, siempre cuando les pedía convertirse en flor; ellas no lo hacían.

Días después lo llamarían el noticiero lo llamaría: “Asesino de las Camelias”, en honor  al estampado del vestido que siempre regalaba a sus víctimas. 


Este relato no es final original, pero parece más interesante,

Aururu


Arte por SevenSisters

9 de enero de 2013

Cortos


Esencia de pajarito. 
Sí, eso era lo que tenía. 
Con alas, con ojos temerosos, con impertinente curiosidad, con voz de ángel. 
Pero qué pájaro más hermoso hubiera sido, sus alas de mil colores se hubieran pintado.  
Pero escogió mal.  
Veamos qué tan feliz es en una jaula de oro. 
Porque después de todo lo dijo implícitamente. 
Lo gritó a todos.
Escogió entre dos universos que no son paralelos,
sino que se consumen entre sí.
Tal pareció que para el pajarito: 
 "El variopinto y pobretón escritor no fue atractivo. 
El gris y ricachón  capitalista si lo fue." 



En mi casa he visto un colibrí del tamaño de un gorrión, 

Aururu

4 de enero de 2013

UIO


-¡A mí no me llevan, a mí no me llevan! – gritaba desesperado intentándose zafar a cualquier costo.
Sus harapientas ropas hacían que les sea más fácil agarrarle, coincidentemente este escudo de ropa solo le era un estorbo para poder escapar. El toletazo no se hizo esperar, chilló como mujer en plenas contracciones. Varias personas de la multitud del otro extremo de la calle regresaron la vista, incluso aquellas que iban ya cambiando de dirección en la esquina lejana.
-Señor, venga con nosotros por favor. – repitió el azul uniformado con tono mandante, el otro a su lado iba a levantar de nuevo el tolete. La otra de azul - que como se ve había sido mujer dado que era más pequeña que otros dos, ostentaba su recogido cabello por detrás sin mencionar dos buenas razones por su pecho delantero para reconocer su sexo – parecía que les susurraban que no le den un nuevo toletazo.
- No, no, no – la última sílaba se le fue el deje de borracho.
Dejando la dignidad que llevaba en su mano –dígase una botella de vino Campiña- entrecerró sus dedos y dirigió un contundente puñetazo a la parte más sensible de uno de aquellos que tratan de retenerle. Menos mal el horóscopo le favorecía y acertó.
-Hijuepu… - sin acabar de completar el murmullo se agarró cargado de dolor su entrepierna, la mujer se distrajo, el otro hombre también.
Pero la maniobra de escape se le fue al caño cuando trató de correr y en sus mismos harapos se tropezó. El hombre que no tenía dolor le agarró en el piso, con una breve indicación la mujer le empezó a rebuscar de pies a cabeza. Le mandaba mano hasta más no poder, un contacto que parecía casi sensual pero que perdía gracia por las circunstancias. Una pequeña funda le alcanzó a requisar, más allá también le palpó un pan rancio, en otra esquina unos centavos y en otros lugares dos mini botellas de trópico seco. Con el tiempo apremiando le quitó las dos botellas y la fundita, inconfundiblemente era hierba; inconfundible y más para una curuchupa que se dice limpia de drogas y se porrea entre fines de semanas de depresión. Con prontitud le indicó a su otro compañero que ya estaba hecho. El adolorido ya se había recuperado y ahora trataba de dispersar a la temprana formación de una multitud. Claritos siempre son en la formación: “Eviten escándalos señores”. 
Le ayudaron ahora con delicadeza a levantarse y hasta le sacudieron el polvo el piso que no podía realmente mejorar el estado de sus ropas. El individuo les miró con desprecio. Los de azul le dedicaron agradecimientos por su colaboración y le ofrecieron acompañarle ahora a su “hogar”. El harapiento se burla por interno, qué mierda sabía estos sobre su “hogar” como si no supieran que en realidad no tienen uno, que su cama son breves siestas durante toda la noche huyendo de ellos mismos y de esos guardias nocturnos de las plazas “patrimonio cultural”, en las cuales, gente como él era inaceptable, inadecuada, una peste. Se renegaba aún más de que fueron estos tres de hoy prepis sin remedio. Vayan estos prepis a saber lo que realmente es pasar vergüenza, estos que se creen policías y no son,  pero que se creen dioses de estas calles mugrientas y empedradas con dejes del pasado pero con aspiraciones de metrópolis. De cualquier forma se manifestó inmediatamente en el ambiente (como si fuese un implantado instinto sin distinción de clase, sexo, género, raza, y melaza) la hipocresía. La hipocresía disfrazada de tolerancia que les hizo mirarse a los ojos y mantener una comunicación silenciosa con las siguientes palabras: “Váyase mejor sin escándalo, nosotros nos vamos también y nada pasó aquí. No se busque problemas.” De nuevo el tolete en mano de los dos hombres de azul, hizo que discriminara aquella sugerencia (imposición) como la mejor opción.  

Ya  sin multitud, y cruzando al esquina ya bien alejado del suceso alguien se le comienza a acercar. Una negra bien formada, con camiseta amarilla, se le puede ver el obligo. El jean descaderado luce desgastado pero qué bien le forma. Él la siente venir, aminora el paso y la regresa a ver.
-Qué fue papaíto, me´io gacho le noto – el acento se le notaba menos si se concentraba en sus labios.
- Una tanda de maricones municipales que me agarraron – raspó su voz, enfadado.
- ¡Uy! pero si yo le veo en una pieza. – dale con el acento costeño. Él sólo resopló, le habían quitado la hierba, barata, pero hierba al fin y al cabo.  Luego sonrió, la perversión no se hizo ocultar.  Se acordaba que la mujer le había tenido que rebuscar, y que de seguro entre el toqueteo le había sentido excitado. Su motivación regresó, otra vez se prendió.
- Calle, calle. ¿Mejor estás libre?
- ¿Para usted? Depende – la pregunta obvia era implícita.
- No jodas que si tengo.
-Bueno papaíto, pero no se enoje.
El par se alejó ahora a un lugar medio privado en unos baños públicos poco conocidos. Los dos eran medios opuestos, pero se llevaban bien. Los dos tenían este sentimiento compartido de odio a la ciudad, de amor, de desesperación. Porque vinieron buscando buenos días, porque les dio la misma ciudad en algún tiempos esos días buenos, porque luego les escupió la ilusión en la cara, porque ahora sólo eran una peste. El harapiento era divorciado que había salido de Cumbayork a parar en la Mejía por la puta abogada de la exmujer. La negra era una modelo en Pedernales, hasta Miss por su provincia llegó a ser, pero se negó ser poseía por el dueño de la agencia para seguir avanzando; ahora vivía de aquello a lo cual se había negado. El harapiento pensó: “Curuchupas de cuarta categoría, la vida del hereje es más sabrosa.” Enhorabuena la municipal no le había también quitado el pan rancio, ahí tenía la plata para la negra.

Ivan Egüez me enamora,
Aururu

20 de noviembre de 2012

Al ritmo del ciclo


¡Que resuene: ‘Ella viene del futuro’!
Tengo una perra. La sacaba a pasear todos los días. Cuando la sacaba a mi perra a pasear le conocí. A la vecina. Cuerpo de candela tenía, tan delicioso. Culo bien parado, ojos grandotes. El cabello cortito, no tan cortito pero sí cortito de esos tipos melena, y ¡uy! que parecían hebras de negros hilos con divinidad incluida. Pero si he de confesarles que entre pretensiones lo que primero le vi fueron los ojos. De color común, regular; pero tenía la  chispa, esa chispa que los ojos grandes suelen tener.  Y eso que no fue ni un nanosegundo, porque de ahí nos apartamos la mirada para seguir con el camino de cada quien.

Volviendo a mi perra, no sabía ni qué raza era. Un día la encontré, o ella me encontró a mí; algo así como con esta candela de mujer. En fin; ya pues, la cogí porque estaba sola y ella ya estaba por morirse. Chiquita aún era, la habían destetado tempranito y de seguro le han de haber botado porque no querían perros chiquitos. A veces así como animales somos, más cuando hablamos de hombre, de perros; da igual. Entre andanzas callejeras van dejando y regando cachorros, hijos, nietos; por doquier, por doquier. Bueno, la media diferencia que tenemos es que las perras si que pueden de una botar a los cachorros; nosotros también pero como que es más escandaloso y hasta en las  noticias salen, sobre todo en esas crónicas rojas de las noticias de horario familiar.  Bah, pero volviendo de la perra (que por cierto Frida le llamé, porque tenía una ceja media parecida y porque también medios rasgos esquizonotípicos; probablemente es por eso que la cogí desde un principio) a la mujer que era casi deseosa leche, porque después de todo la piel bien blanca tenía, todos los días la veía. Ella también le sacaba al perro (o perra quién sabe) a pasear. Pero clarito se notaba que otra élite era. Toda ella, con sus audífonos blancos en cada oreja, trotando, mirada al horizonte con cuello en 45 exactos grados, alta, zapatos deportivos y eso sí, siempre con brillo en los labios. O será que los labios siempre se le veían carnosos, sabrosos, todo brillantes. Sin mencionar que el perro (o perra quién sabe, otra vez) era así grande, imponente, e igual que la dueña con pelo brillante.

Ahora pasando a mi esquina, encontramos de nuevo a mi perra y a mí. Frida era como la representación animal feminina de mi aspecto fìsico (e incluso conductual a veces). Frida era una perra chaparrita, como ya les chismeé era de raza delmer seguramente, y con pelos crispos, rebeldes; a veces parecía que eran motas de pequeños hijos marrones que cubrían su cuerpo de frío. A mí,  quizá, modifiquen un poco  la apariencia que tenía la nariz media laringueñezca y no era tan delmer. Pero en comparación con la mayoría de mi alrededor, era más como algo salvaje con linaje de sangre azul. Pero bueno, este no es el punto ahora. El punto es la divina diosa que siempre me topaba cuando sacaba a pasear a Frida.  Un día, después de casi construir un altar, me atreví a hablarle. Y entre tanto le pregunté el nombre. “Maxiliana” me respondió.  El instinto me dictaba que me ría, cual paciente de instituto mental; pero me contuve, me gustaba demasiado. Le invité a mi casa. Así de una. Ni idea por qué, pero de una aceptó. Bah, yo que tenía una media como que pocilga. Una cosa por allí, otra cosilla por acá. Qué no más no tenía. Un libro, dos, veinte y cinco  por el suelo. Una planta en la esquina. Los papeles de dizque mis estudios. La ventana. El baño. Los demás cuartos vacíos. El lavabo de la cocina siempre con platos acumulándose para el fin de semana. El botellón de agua. Y la cama de la Frida cerca de la mía. Aunque para no plantar bien la mentira, en realidad no le invité. Pero todo lo demás es cierto. Lo que pasó es que le pregunté el nombre, le dije lo buena que estaba (siempre con educación) y me dijo algo como que: “Gracias, pero no me interesas”. Suele pasar muy seguido. Rechazo. Por eso es que estaba con Frida. Estamos dentro de los “rechazos”. Daba igual, sociedad de mierda. O quizá yo era la mierda de la sociedad, por eso es que mejor en una esquina estaba. No, no me consideraba un punto negro. Yo seguramente como que medio era el asterisco en medio de tanto punto. Después de todo mi cabello siempre se daba a notar, y yo muchas veces también. Algunos otros días le vi de nuevo a ‘Max’. Conversamos algunas veces. Pero de pronto la belleza se le fue cuando comenzó a hablar. O probablemente a mi me entraba el aburrimiento porque había pasado de ser una “diosa” a ser una “mortal”.  Sí, probablemente eso era. Había perdido sus poderes para convertirse en una débil humana. Que sangraba al igual que yo. De pronto otra figura de devoción se me presentó claramente, linda la figura de nueva devoción. Otro nuevo ciclo comenzó. Frida seguía caminando a mi lado, me regresaba a ver. ¿Podrá reconocerme? Eso espero, porque entre su mirada quiero que mi perra me recuerde que debo reconocer que hay mujeres del futuro y no diosas del pasado. Regresé a ver al cielo, hacía sol de lluvia. Debía regresar rápido para que a Frida no le de moquillo. 


Entre màs delirio, que verdad., 

Aururu